Cómo seguir perdiéndose aunque parezca que no.
- Por Ahí Blog

- 18 jul 2018
- 3 min de lectura
Actualizado: 16 mar 2023
Salí por la calle Unión hasta su fin, o principio, en el Mercado y doblé a la izquierda para ir hacia la zona de las plazas atravesando puestos de comida y chicha callejeros, bocinazos y gente moviéndose en todas direcciones como hormigas antes de la lluvia.
Mi plan del día era armar y confirmar un plan para mis días en el Ombligo del Mundo para no terminar vagando sin rumbo durante quince días. Pero primero iba a hacer la turisteada por excelencia: recorrer la ciudad en el bus turístico y ubicarme un poco mejor fuera de mi burbuja hostel-mercado-super-plaza.
Cuando llegué a la parada de los ómnibus me preguntaron -para variar- si quería el tour en español o en inglés. Y digo "para variar" porque desde que pisé la ciudad pareciera que al andar cámara en mano (o sea casi siempre) tuviese un cartel indicador de "angloparlante". Todos los días pensé en seguirles la joda y hacerme la gringa pero me ganó la honestidad.

Después de unos minutos de espera, el ómnibus partió. Yo sacaba fotos mientras escuchaba el relato en un mono-tono inalterable, memorizado sin lugar al error. Lo más memorable, al menos para mí, no fue el famoso Saqsaywamán, si no que fue ver la ciudad desde un mirador aún más en lo alto que lo alto de la ciudad. Miré a Cusco entera, anaranjada y contenida entre las montañas que la rodean y no pude evitar hacer un paralelismo entre la ciudad en la que estaba y la ciudad en la que nací. Salvando las distancias de altura, historia y tamaño, Cusco y Minas son dos ciudades levantadas en el pozo que se forma entre un anillo de cerros y las podía ver enteras desde varios de ellos.


Cuando me bajé del ómnibus empezó una nueva edición de la lotería de calles. Esta vez la bolilla ganadora fue la calle que sale desde el costado de la Catedral. Después de dos cuadras, la calle parecía cortada con cuchilla y empezaba un repecho que me daba pereza subir pero también me daba curiosidad ver a dónde me llevaba. La vereda, ya angosta, se fue afinando a cada paso hasta desaparecer por completo. Y en esas calles estrechas por supuesto que también conviven peatones, autos y vans como si la posibilidad de atropellar o ser atropellada no existiese.

Llegué al final de la subida para encontrarme con otra iglesia y otra plaza. De la plaza sale una escalera por la que me metí solo para ver que daba a una calle llena de mochileros que hacían macramé y otras artesanías. Mientras caminaba por el desfiladero de mochileros, me di cuenta de que estaba en el corazón del barrio San Blas, que por alguna razón se puso muy de moda. Yo sabiendo que me separaba un buen repecho entre el barrio y el centro lo había descartado en mi búsqueda de alojamiento.

Bajé de nuevo por la misma calle que subí y ya con un poco de hambre, así que iba con doble atención buscando dónde llenarme. En plena bajada, encontré un lugar chiquito con precios más que amigables, y en el que vi que tenían sopa de quinoa que me nutrió las tripas y el alma en un día bastante fresco y gris de esos que piden sopa y guisos.

Con la panza llena y el corazón contento volví a la calle, ahora con la misión impostergable de concretar mis quehaceres viajeros para los siguientes días. Después de resolver la mitad de mis días volví al hostel por unos mates reparadores que estuve deseando todo el día.






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